Ya las constelaciones se abismaban
en los precipicios de mi mundo de carne.Iban rozando mi cuerpo con su lumbre,
iban diseminando su calor en mis vértices.
Los aros de Saturno vinieron a mi encuentro:
Fobos y Deimos ansiaban desolarme
mientras mi cuerpo huía de prodigios
de la noche que me atrapaba entre ocasos.
Me escondí detrás de una peña enhiesta
buscando de eludirme de gruesos estertores.
Entré a la gruta mental de mis oídos
para cerrar sus puertas incipientes.
Y apareciste como flor de niebla:
envuelta en el blanco de tu alta morada.
Mojaban tus labios unos frutos rupéstres
que consumías desde antes de los siglos.
Ante ti, se callaron las mareas
y la noche se tornó en amanecida.
Los astros se volvieron a sus sitios
- llevando con ellos crueldad y satiriasis -
Y te nombré renuevo, pámpano verde, salvadora
mientras que te movías en tu verdad solícita.
Fueron para ti, desde entonces, mis ojos
y los latires vítreos que se desploman por mi sangre.
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