cuando te beso dormida, mi preciosa.
Me atrevo a quitar tu corpiño
y virar con pericia en todo tu continente.
Mis ojos se enredan en tus domos y dunas
y soplo en los arreboles de tu ombligo.
Sueltas una carcajada y te despierdas
aún pincelada de sopor.
Eres la vianda que hincaría al viandante.
Apenas reparo y ya estás sobre mí.
Me llenas del vértigo que traen las gacelas
cuando se incendian a la hora del celo.
Nos tallamos besos indelebles
y nos sumergimos en gozo hasta el mediodía.
Somos fuerza, tesón y calidez
y oleaje irreflexivo que transita la estepa.
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