Palidecen las sombras que araron la semana/
los soliloquios sólo pueden ponerse ojos/para ver los frutos insólitos en el dulzor del aire/
antes de que las manos rojas de la codicia /
los secuestre y devore donde hay ríos de sepulcros/.
Ha llegado noviembre y se desata el viento
en doscientas cabriolas que estremecen al fango.
Y las flores de lumbre dan al mundo impoluto
destellos en los golfos, colores de península.
Los terrones aguardan los embates del yermo
preparando murallas en yertos matorrales/
Y el sabor de la sangre que aguarda el campo santo / espera a los que vengan con su tedio a naranjas huecas por dentro, engusanadas, frias descompuestas en olores de que se arrojen muy lejos / las casas somnolientas comienzan a borrarse / bajo el peso violento de las constelaciones / pero todo desgrana una vida madura / que se va resistiendo a las consumaciones / todavía hay resuellos adentro de los muros y los ciegos rezongan con mudas esperanzas / las violetas presienten la amenaza del hielo pero sueltan su risa junto a nuevas centellas. Y hay hileras de tréboles que se bordan y añoran que los sigan pisando los latidos salvajes del que pisa el camino aunque no los divise /el humo de los antros invade al infinito como definitivo intento de quedarse o luchar/
a pesar que los truenos ataquen vespertinos y la lava ya esculpa sus lanzas catastróficas.
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