Hay que creérnos inmortales
para soportar los golpes de la vidasus patadas y bofetones turbios
y sus morisquetas de sátiro.
Para saber renunciar y renunciar
y sobrellevar todas las patrañas
de enemigos que desconocemos.
Hay que creérnos inmortales
para sentirse diáfanos y realizados
aunque los minutos se subleven
y hagan desaparecer el solaz de los cuerpos.
Para tolerar la espada viperina
que es la lengua de quien nos aborrece.
Hay que creérnos inmortales
para acostumbrarse a las arbitrariedades
y contemplar a las granjeras consumidas
como si no tuviesen hernias ni denteras.
Libras de mas, kilos de mas o de menos
regalar a toda mujer un halago.
Para sentirnos siempre picaflores
y mantener la fuerza inmensa del troglodita.
Para siempre saborear con el paladar
a pesar de los implantes o los puentes.
Y no tomar cada alborada como ofensa.
Para no hundirnos en la cruel desesperanza
e ir a pasos parciales hacia el nicho.
Para lidiar con las dificultades inhumanas
hay que creérnos inmortales
y hacer elegías y cantos con las cenizas...
Mientras tanto, ignoremos la marchitación
y las moléculas duras de la muerte
que no dejan de recoger animales y transeúntes
minuto a minuto.
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