Nombro tu nombre en vano
junto al jardín del cerezo,
con mi ser pluralizado
tras tu cuerpo aristocrático.
Tu verdad es linimento ante mi fatalidad
balsámica.
En dolor me decoloro y el moretón palidece
ante mí, que soy oprobio, como un unicornio ténue
que ante el vaho va y se rinde, como sombra que ya cede
y que se va disgregando en su soledad silvestre.
Eres en mí bahía ancha y alto pico que se escala
aunque sea muerte la paga.
Me deshago y me deformo ante tu vida que adoro.
Voy en las postrimerías de mis restos: me liquido,
soñandote en sacristías o en arreboles redondos.
Sin ti soy un descalabro, más que desecho en lo vano
y, con la sangre cremada, lavo mi raíz desarraigada
siempre carente de savia.
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