Otro año y sus Diciembres
atados a su primogenitura. Paso sobre las hojas inmoladas por el viento. Retruénan cigarras en su interior, dormidas. Sobre todas las nomenclaturas trepa el pájaro del tiempo. Primero de Enero, al que recibo alucinando, tiritando en mi eje. Dentro de mis subterfugios, mis ensoñaciones te adoran. Siempre te amé e intenté atarte a mis vestigios, o quizá a mis tuétanos, ya de largo, trizados. Las caricias pasaron como anguilas terrestres, electrizando todo. Eras vaho y surgías de las entrañas de un astro de cantatas. Adentrándote en mí como un vapor penetrante o un dejo. Vaporizabas mi entrecejo con tus candores puros. Y en tú hálito respiración me dabas como con venas eternas animosas y sorbos de palabras, que me agregaban vida. Anclada ante mí eras la brisa que reía: El presente enjoyado en las pausas de la tarde. Fulminabas mis estropicios con intempestivos fuegos. Y, sonreías entre las fumarolas, danzándole a Cibeles. Tocabas mi mente y, deliberadamente, me limpiabas de pesos incargables y cargas curvilíneas. También eras lluvia y catarata trémula y tus dedos de sábila erguida me sanaban. Sólo era yo una espiga más, triturada por el sol desangrante, yuxtapuesto a mi tórax cribado, adosado a mis parajes sin luna y con tamiz de polvo; Pero mayores eran tus fulgores y tus preparaciones y la ternura unigénita que, en mí, diseminabas. Te llevó la tolvanera nívea que te trajo, pero me es menester que vuelvas. Por eso pernocto entre las gladiolas abrasivas y evito sus tiempos fragorosos y busco en toda peña la voz de tus oráculos.