Pido la paz:
No el tormento
de ese amor que no retorna
y me machaca por dentro:
De ellos sabe el abeto
que es mi confidente ciego
debajo del cielo regio
y de cirros extranjeros
que, agraviados, marchan lento.
En mi sangre está el pecado
de anhelarte hasta ser fuego.
Más es proverbial mi fallo
pues en tu cenizas ardo
consumido por la flama, mala.
que quema a egregios beatos
y romances no anhelados
que se pulen y despuntan
detrás de todo guijarro
perplejo ante los delirios
de ese secretismo tuyo,
que corta llanto o murmullo
y calla los soliloquios
de los que se quejan solos
y alejados de la lid
entre capullos amantes
de la soledad en detalle.
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