No olvidaré que vengo de lugares de encanto:
De suaves plazoletas curtidas por la luna:
De glorietas y plazas donde nada claudica
ante la sombra en gloria por ramas dispersada.
Mis uñas y mis años tienen el azul del cobalto,
el negro del minero que socavó la tierra.
Descalzo y excavado por libertina mina.
Todo el pasado vino y aventó sus arietes
sobre mis cortas venas de sueño, sal y olvido
érase mi sudor de pesada garganta y carraspeo absoluto.
Pero no soy de aquí: Transeúnte perfecto,
orgánico cual fauno que en las vías saltara.
Me detuve un momento de pausas muy pequeñas
para probar ajenjo donde no hallo refugio.
Pero paso y encuentro el trigal y la rosa,
la flor desarbolada entre talas y quemas
y el dolor de los niños de sombrías sonrisas,
mordiendo, entre guijarros, las migajas arteras
del pan, que han ya rechazado los animales fieros.
Yo he escrutado el dolor de los seres quebrados
y el acoso frenético de sórdidas arañas
que sobre el ciego aran sus ojos sin solsticio.
Pasaré percudido por millares de flores
quizás haciendo un Haiku de vivencias remotas.
Y puede ser que acose al astro que, antagónico,
ve con sorna y desidia la sarna en el labriego.
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