Desde las tinieblas veo la cruz del alba y sus luces.
Los caminos de borregos al lado de los transeúntes,
el tropezar de los ciegos en las siembras del labriego.
Las tinieblas son yo mismo en magro torso de espinos.
Desarraigada y altiva mi raíz se descompuso en malas cacofonias:
No fuí viento o noche etérea y me desplomaba en lamentos.
Y hasta el agua me miraba disecarme sin palabras:
Vago, sutil, vaporoso yo que lo observaba todo.
Manaban insurreciones en mis corporales roces
de otros ojos menguantes que hacían piedra de mi carne.
Disipado fuí en mi sombra y alejado de farolas.
Pasaban cometa y astros y jilgueros con canarios
y desde mi negra atalaya al lóbrego yo observaba
rasgarse como se rasgan las cuerdas de una guitarra
en las fabulosas tardes cuando los cuerpos danzaban
por los más sabrosos vinos que el cantinero creaba.
Más yo soy polvo de niebla y reo de sus cadenas:
Y la gente vaga jura que ya no soy ni gentuza.
No vengo de los cobaltos más ya mi trote es arcáico.
Y con mirilla profunda veo el vapor de la velas,
y las lumbres que bailaban dentro de joviales caras.
Mi alma en pena contempla, el emigrar de la arena,
la migración de las dunas, las marchas de la arboleda
y el abandono del pájaro que creció destartalado;
Y desde el fondo del olmo mi abandono se ha incrustado
en someros soliloquios
que ya se marchan del todo.
Soledad y Yo estaremos desahuiciados y desérticos.
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