Vulneraste mi memoria
con tus matíces de fuego
y tu lasciva figura bien configurada y fúlgida.
Te encontré entre candeleros recordándole a la Luna lo que es conservarse pura.
Portaba yo los alóes, la mirra que no marchita y los soplos de oboes
que me visitan de noche.
Observaba en inocencia los abismos y las grietas de tus lunetas inquietas
y tus formas me infligían amor en ambas pupilas y al calor de un liróforó
me oíste entonar un Solo cual rapsoda en antojos
de ti, mi bella plebeya inasible como aguas que ha relamido la tierra
dejando ya de ser seca.
Era yo en mi misticismo dejadez desaliñada entre éxtasis sutiles que nunca se sucedían.
Provenía de los ángulos más antiguos de la Tierra y traían mis nudillos
la mayor de las durezas y en hasta desesperanza existía en mis cadenas:
Insólidas, deslabradas y con textura de piedra ha de mucho destrozadas
por el Bardo y sus colegas.
Y vas en túles y linos a lugares que al humano simple le son prohibidos.
Hecha de imaginería y de sueños opalinos
Estabas en sitios altos, donde lo malo se pierde y lazos desaparecen.
Y en tú luz fué como una epifanía de incandescentes capítulos.
Glamorosa y con el fuelle que al soplador desahoga...
Y, esencialmente eres la que cabalgó gladiolas y tronó sobre los nardos
con relámpagos sacados de tus sentencias de fuego.
Eres la que desarmaba sombras y cantaba en sus aretes.
La desmelenada y rubia que producía las mieles en abejas infecundas.
La égloga que rurales creían innaturales.
La de salvajes unguentos que emanaban de tus poros.
La que poseyó el Encanto y era destellos de rayos.
La gema que poseía los fulgores que precisa para cegar estridencias:
La de la nuca traslúcida, la de vibrante melena y compendio de alegrías.
Lo mejor que dió la tierra cuando una madre pariera.
Hecha de imaginerías y de diáfanos vocablos creo presentirte a ratos
Montada en los Unicornios que a Zéus defenestraron
cuando a titánes vencía y arrojaba a unos antros que no me da ser nombrados.
Hipnotizaban tus ojos silabarios en mi rostro
y crédulo pretenía ser un yuyo en tus abrojos
brillantes como cristales, contexturados de todo lo rozagante
y vítores no discordes.
Te escribiré unos cantares pues eres sueño de noche y ambrosía dorada
que supera todo acorde.
Y en toda desesperanza, huiré a largos montes que son tus cotos de caza
junto a las aves bicornes.
Esperando a que me alcances y saques de mi extravío
para así proclamarte, princesa de señoríos,
dama blanca a quien convoco me veo miserable
para lavarme del todo
con ese lebrillo claro con el que me bendices , y le das vida a los tordos.
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