Para morír aquí es que he venido:
Más allá del sepulcro reservado a los pájaros.
Entre la resiliencia de flores amarillas
pisoteadas debajo de pasares adversos.
Ya terminé la épistola que a tantos asustara.
Fantasmal fué mi tiempo de apoltronadas horas y quebradizos silencios.
Pasaron flora y hora: Oráculo y destiempo.
Tengo la voz herida de trizar mi garganta
y la pezuña hendida que adorara el licántropo
Y el desvelo extendido de mil sábanas rotas
y mucho de promíscuo y lo que fuí por años.
Más en mi tórax hallo las marcas de serpientes
que dan dolores locos que creman la laringe.
Esa vid dará hojas para cubrír mi cuerpo: Extenso, corrosivo, que engendra a las arañas.
No habrá soplos de cirios ni candíl, ni clineja empapada de eso que cae de los ojos.
Con párpados abiertos entregaré la vida, bajo este Sol rugiente que cincela caballos.
Las canciones de olvido en mí fué que se hicieron: Jamás yo me amparé en mi desesperanza.
Amores tuve y fuí y del todo traicionero, cuando otra cimbraba sus faldas a su ombligo.
Pero llegó de la hora de apagar mis dolores y no recordarán mis cenizas de miedo.
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