Eres tú lo inasible
de inconmovible estrella:Eras la paz galáctica que doraba mis manos.
Venida de las frondas más tibias de la siembra
sujetabas el verde con tu díscola mano.
Reina de un reino eras de copiosos matices.
Danzabas con la luna, giraluna de encanto.
Con zarzas y cabellos y tez con cabellera
Tus óvalos, tus ojos, dentro de mí prendían
sinrazón que tomaba mis sienes como sierpes.
E íbas en cada sílaba que las chispas trajeran.
Cada pómulo era muestra encantatoria:
Revelación, hechizo, de imperiosa dulzura.
Por mi cuerpo rozabas deshaciendo rencillas,
confusión, erradumbre y cólera desgarrada.
Y lanzabas tus nardos como dardos de feria.
Eras la voz sencilla, la que arma proclamas:
Aquella que ciega al Sol de poros infinitos.
Tú, la que sostenía mis manos sin sus copas
y que embriagaba todos mis sentidos menguados.
La que arrodilló a Hércules, que te creyó cervatilla.
La que con sus tijeras cortara las fuerzas varoniles
de un Sansón lastimado y débil en patrañas.
Ante todo te yergues como oficioso monte
rodeado de cantatas y cantos sagitales.
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