Sobre la piedra agónica del día
bebo un cuenco de soplos: Me disipo
y aparezco asiendo mis muecas y reproches
ante la delgadez tan lánguida en que vivo.
Pruebo la soledad, la embriaguez del vinagre,
el mar aguado que pierde su firmeza
ante los trinos tímidos de un pájaro
que baila al viento sin toquetear el aire.
Rechino con las más necias repitencias
en el silencio que a la roca eriza:
Amarillento vástago del yeso:
De humo ciego y miembros sepulcrales.
Es mi miedo lo que quema mis llagas.
Es la impericia de garras amatistas
destrozando mi todo almidonado.
Soy sólo aquel que fué en sus semejantes,
quien tuvo voces perdidas cual gramófono.
El que nació de mala levadura.
A quien sutentó el desierto sin frutos,
lleno de castas de arenas arteriales....
El que bailó sin alcanzar la vida
y perdió su pronombre en varios áticos.
Me llena la soledad que exudan los salitres
y me mantengo solo, sin ánimo en las manos.
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