Caigo de rodillas:
Caigo a una edad que es sin tiempo.A la unidad del penacho, a los morrones me ofrezco.
Para una paz uniforme donde mirarte, indiscreta.
Vestida de pelo largo y vendada por mis dedos.
Era tu rumor temprano mientras se procreaban lagos.
Y el camino trasalpino aún se hacía de amarillo.
Todo en ti fué increschendo, como peldaños de fuego.
Dádiva que se constituye entre alucinantes credos.
Y en el sesgo de tus ojos, entrevees mis contornos
de figura taxativa que está cautiva, imprecisa,
alzándose tras los nardos, gladiolas y siempre vivas.
Te veo y sé que lo esbelto en ti se reconfigura
a la vez que mengua el cielo en sus azules inciertos.
Entre los tules se fragua tu figura de sonata.
Y eres el desasosiego que enmendará esos yerros
que, desde jóven me atrapan, me persiguen y acobardan.
No usa de altanería esta tu estructura fina.
Y no eres labrada por manos que lebrillos han llevado.
Como corona me acerco para entrar en tus cimientos
de transparencia incluída y piel rosada que no abdica
ante los hombres tajantes, como yo, que me he menguado
y busco savia vitalicia para restañar heridas,
lejos del temor profano, inquisitivos y vanos.
Más tangencialmente pasas por un borde de mi cama:
Como mágico destello que va camino a lo lejos.
Ven a mí, mujer magnánima, pues para ti es que he venido
desde los remotos tiempos y voráces archipiélagos.
Lávame en cuencos de agua y circuncida mis entrañas
que una vez fueran de plata y el pecado la opacara.
Por ti, mi primor eterno, me he vuelto gentil labriego
que trabaja con sus manos la tierra que no se ha arado.
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