domingo, 30 de agosto de 2026

Caigo de rodillas

  Caigo de rodillas:

     Caigo a una edad que es sin tiempo.
     A la unidad del penacho, a los morrones me ofrezco.
     Para una paz uniforme donde mirarte, indiscreta.
     Vestida de pelo largo y vendada por mis dedos.
     Era tu rumor temprano mientras se procreaban lagos.
     Y el camino trasalpino aún se hacía de amarillo.
     Todo en ti fué increschendo, como peldaños de fuego.
     Dádiva que se constituye entre alucinantes credos.
     Y en el sesgo de tus ojos, entrevees mis contornos
     de figura taxativa que está cautiva, imprecisa,
     alzándose tras los nardos, gladiolas y siempre vivas.
      Te veo y sé que lo esbelto en ti se reconfigura
      a la vez que mengua el cielo en sus azules inciertos.
      Entre los tules se fragua tu figura de sonata.
      Y eres el desasosiego que enmendará esos yerros
      que, desde jóven me atrapan, me persiguen y acobardan.
      No usa de altanería esta tu estructura fina.
           Y no eres labrada por manos que lebrillos han llevado.
       Como corona me acerco para entrar en tus cimientos
        de transparencia incluída y piel rosada que no abdica
        ante los hombres tajantes, como yo, que me he menguado
        y busco savia vitalicia para restañar heridas,
                  lejos del temor profano, inquisitivos y vanos.
         Más tangencialmente pasas por un borde de mi cama:
         Como mágico destello que va camino a lo lejos.
          Ven a mí, mujer magnánima, pues para ti es que he venido
             desde los remotos tiempos y voráces archipiélagos.
            Lávame en cuencos de agua y circuncida mis entrañas
              que una vez fueran de plata y el pecado la opacara.
           Por ti, mi primor eterno, me he vuelto gentil labriego
             que trabaja con sus manos la tierra que no se ha arado. 
  

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